Eran las cuatro cuarenta y uno de la tarde, estaba retrasada un poco, y debía pasar por Antoine a las seis y media. Miré el reloj en el celular y me desesperé aún más: en el bulevar todavía...
Sin embargo, mi optimismo no podía menguar, sabía lo que ocurriría esa noche, tenía el vestido que usaría desde mayo, rosa cubierto por un elegante encaje negro.
Llegué alrededor de las cinco a casa, traté de dormir. No pude. Me paré, me bañé y sobre el tiempo estuve lista. A las seis ya iba en camino y la emoción se había tragado toda preocupación presente. Antoine me marcó cuando íbamos por la de Matamoros y en diez minutos estábamos en la puerta de su casa recogiéndolo. Varita en mano, cruzamos la calle y subimos al auto. ¿Por qué no llevas tu varita? preguntó, no sé, pero llevaba mi colgante de cuervo de Bellatrix Lestrange.
Pasamos por mi papá a su oficina y luego por una playera. Mamá condujo todo el ocho y por fin casi a las siete, estuvimos en Cinépolis de campestre. Sí, ya había gente, mucha, fans con playeras, varitas, hasta cosplayers y curiosos que iban por la pura y simple novedad: pubertas enamoradas de Harry, Ron, los gemelos, qué sé yo y novios complacientes que habían comprado boletos de hacía un tiempo para hacerlas felices. También, familias enteras hacían cola en la sala dos, que era la que nos esperaba para ver el filme en tercera dimensión. Ya nos esperaban Mike y una amiga de él que nos apartó lugar en la enorme fila; cuando quisimos pintarnos la cicatriz característica del mago ¡rayos!, olvidé el delineador en el auto. Caminé rápidamente hasta Renata y compré dos uno cafe y uno "negro", luego me di cuenta que también era café.
La entrada a la sala, nos la facilitó Rocío, la prima de Mike, que nos hizo el favor más por Antoine que por su familiar y por fin pudimos entrar, nos dieron los lentes 3d y buscamos asiento, pero ya estaban llenos los lugares de arriba, saludé a Alex, que me hizo una seña de "no llegaste al tiempo" apuntando a su reloj, él llevaba la gorra roja de Gryffindor que vendían el año pasado en el cine, yo también tengo una parecida. Snape era el más popular de la sala, un muchacho muy moreno iba caracterizado como este personaje y todos querían tomarse fotos con él. Nosotros mientras nos encontramos lugares entre las tercera y cuarta fila y mientras yo pintaba cicatrices, esperábamos a la familia de Antoine y yo saludaba a viejos conocidos. Me encontré con Gatica y Alvarito.
Compré el agua y los nachos más caros de mi vida esa noche de jueves pasado, le debo 31 pesos a Alex por salir y comprarme un litro de Ciel en el carrito; después de un debate y negociaciones no salí yo a la dulcería andante y Mike llegó con mis nachos de 50 pesos y muchos combos de palomitas.
La película al fin comenzó, me puse los lentes, pasé por entre la h y la p y sentí un dementor que se paseaba a mi lado, la cuarta fila no era tan mala después de todo. Pero los personajes hablaban en español y los asistentes reclamamos porque nuestras entradas eran para la versión subtitulada. La volvieron a poner: el paso por las letras y el mismo dementor que pasaba a mi lado y mis ganas de tocarlo.
Estuve callada, desquitando los nachos, atenta a la película. A diferencia de años anteriores no hice tantas críticas por la adaptación, sólo me dediqué a hacer realidad el sueño del final de mi infancia: la última película de Harry Potter. No, no me tocó verla a los 17, se tardaron un poco, pero al fin era el día. Las púberes gritaban a más no poder en las escenas de romance entre Ron y Hermione, luego cuando Harry se encuentra con Ginny, los fans queríamos callarlas.
Hogwarts se convirtió en un campo de batalla, Harry llegó acompañado de sus inseparables y leales amigos a los que siguieron la orden del fénix. Se sentía júbilo en la sala, me dí cuenta que estaba en un momento histórico. Hubo muertos, pero eran más malos que buenos, aunque del bando de Potter hubo bajas significativas y todos nos llenamos de nostalgia al verlas.
Al fin se llegó la batalla final entre Harry y Lord Voldemort, aquel que nació como Tom Riddle y que, en su búsqueda de la grandeza, sacrificó muchas vidas, entre ellas, las de los padres de Harry. La emoción estaba en su clímax, acabábamos de llegar de un flash back patrocinado por el pensadero y las lágrimas finales de Snape, cuando vimos a Hagrid llevar a Harry en brazos. Quienes habíamos leído el libro, sabíamos lo que vendría después. Con casi todos los horrocruxes destruidos, conocimos a un Neville valiente que destruyó al último, a una Molly que nos enseñó porque fue catalogada como ejemplo de madre y que por defender a Ginny y vengar a Fred, hace pedacitos a Lestrange.
Y el momento más esperado llegó: Harry, enfrentó a Voldemort, cara a cara y volaron por toda la sala sus restos blancos, quise llevar uno de recuerdo, pero me di cuenta que era una ilusión de los lentes 3d.
¡Qué emoción el epílogo! Todos felices, eufóricos en la sala. La película terminó y muchos de los fans lloraban de nostalgia. Yo no lloré, estaba en shock. Mi opinión de la noche ¡qué actrices tan buenas son las señoras Maggie Smith y Julie Walters!
Así fue como terminó mi infancia comenzada aquel treinta de abril y duró todo lo que me albergué detrás de esos siete libros que marcaron mi vida.
Yo soy la niña que leyó.
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