Si creyera en el amor eterno, es decir, el de pareja,
estaría frita, sostener esta situación sería misión imposible.
No me gusta ponerme nerviosa con él, ni que me traicione el
inconsciente y termine inmiscuido de forma implícita en mi discurso.
Se llama culpa y ya sé con qué se come. La culpa, se come
una cosa llamada amor prohibido. Y esta curiosa guarnición, es sencilla de
cocinar, se le pone lo mismo que al enamoramiento, vaya, al amor normal: risas,
momentos, detalles, conversaciones, pero se le agrega peligro y algo de
inconsciencia. Es recomendable, poner a reposar a la razón, para que no sude y
arruine el producto, de no ser así, la culpa será mayor.
Procure no mirar películas de amor, en el caso que lo siga
haciendo, procure no recordarlo en las escenas románticas. Debe atenderse de
inmediato, si usted llora con esta película, pues significa que está perdiendo
control sobre su cuerpo y lo más importante el dominio de su mente.
Si la culpa le resulta deliciosa y conoce usted un remedio
para controlarla, no dude en usarlo,
probablemente, disfrute de ese amor prohibido, pero si no, trate de alejarse. Si
no le es posible esta lejanía y sus impulsos la traicionan, considere dejarse
llevar, pero poner límites o no ponerlos. En cualquier caso, funciona.
Dado la magnitud de la situación, probablemente el riesgo de
salir lesionado, después de la cocción aumenta significativamente, pero, si le
sirve de consuelo, déjeme decirle, que es igual de riesgoso, cocinar el otro tipo de amor, quiero decir,
en caso de accidente, las consecuencias podrían ser las mismas, tanto positiva,
como negativamente.
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