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domingo, 6 de julio de 2008

Invitación

Un día me llegó una invitación para una fiesta. Era una reunión organizada por una prima, ¿o era sobrina? Realmente no recuerdo el parentesco con aquella chica, hacía tanto tiempo que no sabía de ella que, sinceramente, me había olvidado de su existencia. Entonces, sucedió que, un día, mientras revisaba mi correspondencia me encontré su invitación. Un sobre cerrado, bastante sencillo con mi dirección, adentro, otro de celofán guardaba una tarjeta doblada en papel de florecitas rojas. La abrí y encontré un precioso pensamiento:
"Un día
Un día te despertarás y saldrás de tu casa.Camino al trabajo o a la escuela te encontrarás con tu peor enemigo y tendrás la oportunidad de perdonarlo, pero no lo harás, ni siquiera tendrás intención alguna de hacerlo.
Ese día, un niño pobre se te acercará a pedirte algo de dinero para lo que sería su única comida al día, tú te negarás rotundamente argumentando que son mentiras, que el dinero es para sus flojos padres, y posiblemente tengas la razón, pero te estarás robando la oportunidad de hacer una obra de caridad.
Cuando caiga la tarde, saldrás después de comer, como siempre, muy aprisa y te olvidarás de decirle a los tuyos "te quiero", pero durante la comida no te olvidarás de odiar y criticar a las personas con las que estás mal...
Entonces, ese día, morirás y tu alma deambulará sin descanso, querrás pedir perdón, ayudar y amar, pero será demasiado tarde.Estarás inerte sobre el suelo frío y tú, no podrás moverte;por más que le supliques a tu cuerpo que se levante, no lo hará. Llorarás por dentro tus errores y de pronto el miedo te invadirá. Te darás cuenta que, justamente cuando creíste que ibas ganando el juego, en un abrir y cerrar de ojos, perdiste y ahora ya no quedan más oportunidades: estás muerto.
Por eso, ahora que te queda este momento, este presente, perdona, ama, ayuda. Haz todas esas cosas que por miedo al que dirán, al ridículo has dejado de hacer.
Un día, hoy, te diste cuenta, que, peor que estar muerto, es estar vivo sin tomar la iniciativa de realmente estarlo."
Me sorprendí."¡Vaya pensamiento más largo para iniciar una invitación!", pensé. Los datos del lugar y la fecha, venían más abajo en letras bastante pequeñas, apenas perceptibles. De alguna manera, esta excéntrica carta me convenció y decidí asistir a la reunión de mi parienta de la que hasta el momento sólo recordaba que siempre vestía en colores oscuros, faldas largas, mascadas al cuello y bolsos que se cruzaban. De no haber sido por la invitación no recordaría en este momento ni de su existencia, ni de su nombre.
Curiosamente y también de forma increíble, mi familia más cercana es desconocida para mí. Hace algunos años, tuvieron una fuerte riña en la que poco a poco se fue desfragmentando, primero en grupos, para luego, quedar en nada, solamente en familias nucleares sin la existencia de tíos, primos, incluso de abuelos, nadie de mi generación sabe con certeza quién es quién en la familia y apenas distinguimos los lazos que nos unen.Muchos miembros aun conservan frescos los odios de sus abuelos y no tienen la más mínima idea de por qué lo hacen, debo admitir que, inclusive yo tengo uno que otro rencor por cualquier cosa hacia alguien, pero bueno eso, es parte de nuestro colosal olvido familiar.
Después de unos días, llega la fecha de la reunión, me sentía privilegiada, seguramente esta prima o sobrina o qué sé yo, solamente a mí me había invitado de la familia, creí entonces que, al parecer, yo era la única persona grata en su árbol genealógico.
Llegué al lugar indicado y allí estábamos todos. ¿Entonces todos éramos gratos para aquella extraordinaria parienta? Abuelos, tíos, primos, niños que no conocía, todos estábamos allí y yo no entendía nada. En la puerta del lugar había una cartulina que decía "Y aquí están todos los enemigos, los pobres y aquellos que no perdonaste, que no perdonamos ;que no ayudaste, que no ayudamos; que no despedimos , que no despediste; que ya no recuerdas, que nunca conociste"... Estábamos cara a la puerta del panteón municipal.
Y aquella parienta apareció de pronto, bajó del auto.Como siempre vestía de negro y chalina. Sus hijos (mucho después me enteré que esos niños eran mis sobrinos) nos repartieron una flor, de ésas que por lo común ponen en los panteones.
-Y no hay tal fiesta, sólo quería recordarles que, en primer lugar no cumplo quince como todos creen -dijo viendo a aquellos parientes que llevaban regalo envuelto con papel alusivo a ese tipo de festejos.-En segundo lugar, porque no hallaba cómo dar a conocer ese precioso pensamiento que puse en las invitaciones -no pegaba en la de mi boda por lo que verán-, pero sobre todo que la peor muerte es el olvido y el rencor desmedido al olvidado y desconocido.
Y bien a modo de catarsis escribí lo anterior, ¡cómo me gustaría poder hacer lo mismo en mi familia!, así hay gente que no conozco y rencores que después de muchos años aún no comprendo. Pero bueno,espero en Dios que todo se solucione pronto, sin necesidad de medidas tan extremas.

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