
Veinticinco días mis flores blancas son y cinco rojas...
Aún no sé por que Marguerite Gautier llevaba a la ópera camelias blancas veinticinco días y cinco, rojas, pero voy descubriéndolo a través de la excelsa narrativa de Alejandro Dumas hijo, que, debo admitir, que me ha hecho sentir enamorada, aunque de nadie, de la misma vida.
Ya conocía el personaje de la joven "entretenida" de París que consigue un enamorado distinto a sus tantos amantes, pero el punto de vista del narrador sobre ella es realmente enternecedor y me encontré con que coincido en mucho con él. Bueno, me estoy refiriendo más bien al primer narrador, al que, intrigado por la vida de la joven cuyas pertenencias estaban siendo subastadas para pagar sus múltiples deudas, comienza la búsqueda del amante que había hecho a ella un regalo peculiar: un libro, que desde luego había sido firmado con su nombre.
Cuando al fin encuentra al amante, se da cuenta de que no es uno más de la lista de una conocida prostituta, sino que era de verdad alguien que le ofrecía un abnegado amor, puesto que había aceptado dejarla llevar su libertina vida, aun en la enfermedad que la aquejaba y por la cual, sufría él tanto más que ella.
En fin, La Dama de las Camelias, ha sido un libro que me he bebido desde la introducción (texto que siempre evito en todo libro), no sé si se deba a que llevaba ya buen tiempo queriéndo leerlo, o tal vez, a que es una de las historias más impactantes que me ha tocado conocer. Cierto es que el autor (al menos hasta lo que llevo leído) no es tan explícito en las prácticas de Marguerite, sino que se ocupa más de el plano emocional del personaje, aún tratándolo en tercera persona y hablando de ella como quien platica lo que le sucede a alguien más sin tener idea de su interior. El punto es que, al fin que he podido leer esta narración me ha conmovido y me ha hecho sentir enamorada, ¿de qué?, ¡Pues de mí misma! Ya que si, Margarite ante la perspectiva de morir, vivía más de prisa, por qué habria yo de negarme al amor propio cuando aun negra, me sonríe la vida.
Y citando una frase de Cantar de los cantares:
Yo dormía, pero mi corazón estaba despierto...
Aún no sé por que Marguerite Gautier llevaba a la ópera camelias blancas veinticinco días y cinco, rojas, pero voy descubriéndolo a través de la excelsa narrativa de Alejandro Dumas hijo, que, debo admitir, que me ha hecho sentir enamorada, aunque de nadie, de la misma vida.
Ya conocía el personaje de la joven "entretenida" de París que consigue un enamorado distinto a sus tantos amantes, pero el punto de vista del narrador sobre ella es realmente enternecedor y me encontré con que coincido en mucho con él. Bueno, me estoy refiriendo más bien al primer narrador, al que, intrigado por la vida de la joven cuyas pertenencias estaban siendo subastadas para pagar sus múltiples deudas, comienza la búsqueda del amante que había hecho a ella un regalo peculiar: un libro, que desde luego había sido firmado con su nombre.
Cuando al fin encuentra al amante, se da cuenta de que no es uno más de la lista de una conocida prostituta, sino que era de verdad alguien que le ofrecía un abnegado amor, puesto que había aceptado dejarla llevar su libertina vida, aun en la enfermedad que la aquejaba y por la cual, sufría él tanto más que ella.
En fin, La Dama de las Camelias, ha sido un libro que me he bebido desde la introducción (texto que siempre evito en todo libro), no sé si se deba a que llevaba ya buen tiempo queriéndo leerlo, o tal vez, a que es una de las historias más impactantes que me ha tocado conocer. Cierto es que el autor (al menos hasta lo que llevo leído) no es tan explícito en las prácticas de Marguerite, sino que se ocupa más de el plano emocional del personaje, aún tratándolo en tercera persona y hablando de ella como quien platica lo que le sucede a alguien más sin tener idea de su interior. El punto es que, al fin que he podido leer esta narración me ha conmovido y me ha hecho sentir enamorada, ¿de qué?, ¡Pues de mí misma! Ya que si, Margarite ante la perspectiva de morir, vivía más de prisa, por qué habria yo de negarme al amor propio cuando aun negra, me sonríe la vida.
Y citando una frase de Cantar de los cantares:
Yo dormía, pero mi corazón estaba despierto...
Sin duda es más fácil dotar a la primera persona de carga emocional y por tanto a todo el libro, pero hay autores que logran mismos o muy parecidos resultados al trabajar con los terceros, y es a final de cuentas lo que yo más aprecio en una buena novela, más allá de los hechos y las descripciones de paisajes o personajes (sus rasgos físicos), que el autor diga en todo momento cómo es que éstos se están sintiendo, o que intenten entenderlo (p.e decir "parecía dolida").
ResponderEliminarSaludos Ners.