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martes, 13 de octubre de 2009

Cuento, tarea... ¡lo que sea!.. (tarea del taller de cine)


Se encontró de pronto tirada en el suelo a lado del sillón. Yacía en medio de un charco de sangre, mientras en la habitación se respiraba una atmósfera de traición y muerte.
En el suelo estaba tirado el último cigarro que pretendió fumarse mientras cosía, y, frente a ella, el asesino olía su sangre.
En el momento en que Rigoberto entró en la habitación, Silvana se encontraba sentada en el sillón, frente al televisor bordando. Sobre sus piernas, la vieja caja heredada por la abuela en la que guardaba sus instrumentos de costura. Había cortado el último vestigio de hilaza de aquel artificio y de pronto la sombra de Rigoberto la destanteó un poco. Se puso de pie y lo miró a los ojos. Se veía muy distinto a como lo recordaba de su diaria convivencia. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su aspecto era más el de un zombie, a pesar de esto, Silvana esbozó una sonrisa y lo miró tiernamente. Trató de abrazarlo, pero él la apartó bruscamente al momento en que quiso darle un beso.
-¿Qué ocurre?- le preguntó ella intrigada, pero él no contestó. Le tiró una bofetada que la dejó en el suelo.
Rigoberto sacó una pistola de su abrigo y Silvana se levantó apresuradamente, metió la mano derecha a la bolsa de su bata, al tiempo que se dirigía a la mesita de lado del sillón tratando de tomar el celular. Él mientras tanto, se acercaba lentamente pistola en mano. Silvana trataba en vano comunicarse al teléfono de emergencias, pero no había señal.
Rigoberto se acercó, la abrazó, y le puso la pistola en la cabeza, la beso mientras ella sujetó con más fuerza las tijeras y las sacó lentamente de su bolsa, él la besó más intensamente, aún con la pistola en su cabeza.
Silvana tomó las tijeras encajándoselas en el abdomen débilmente, pero fue inútil, él ya le había disparado en la cabeza.
Ella cayó al suelo. Rigoberto se hincó y puso la pistola en su mano izquierda. La miró largo rato, para luego dejar a un lado la característica moneda que siempre se hallaba en las muertes de todas sus amantes.
Tomo la espada que había en el estante y salió hacia la cocina. El perro lo miró con ojos de odio, se dispuso a morderlo y Rigoberto le cortó la cabeza con la vieja espada.
La arrojó al suelo y tomó un cuchillo de la alacena. Con él mataría a su próxima víctima de la noche.

1 comentario:

  1. aki en writing lab, ia lei tu cuento, jajajaja bueno ps aier emos en el msn i hoy risa i risa pero bien ke llorare en la noche =( te cu eme i asi
    atte karem

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